martes, 2 de diciembre de 2008

Mundo Azul

“Todos los ríos van al mar y el mar jamás se desborda”

Agua, agua marina, agua que lo rodeaba. Se sentía extasiado, se sentía sobrepasado por la oscuridad intensa, por el azul profundo de la eternidad, este mundo parecía no tener fin. Entonces… era verdad, se dijo para si.
Los dioses desfilaban frente a él sin más pompa que su arrollador desplazamiento, el estaba quieto, paralizado, se le presentaban como un sueño frente a sus ojos, tiburones, ballenas, delfines, rayas, caballitos de mar, todos existían.
Había llegado al paraíso, había llegado al “Mundo Azul”. Ese mundo del que tanto había escuchado, donde habitaban esos dioses poderosos e inalcanzables a los que tanto había admirado, en esas historias que ya se le antojaban como puros inventos de sus mayores para impresionarlo, existía en realidad.
Esto era más que la libertad, era el mar.
Y de pronto recordó. Recordó el pequeño estanque en su mundo verde, recordó a sus amigos, recordó a su familia y a pesar de estar solo se sintió feliz, por lo menos uno de ellos sabría a partir de ahora que todo era verdad.
Durante su infancia de pequeño nadador inquieto, su abuelo le había contado sobre los grandes dioses omnipotentes que vivían en interminables aguas azules, saladas, extensas, sin fin, sin límites. Dioses del alimento, de la guerra, de la diversión, de la sabiduría, nadadores grandes e inigualables. El mismo abuelo que tenía la costumbre de pasarse horas inmóvil realizando un ritual en homenaje a aquellas divinidades que reinaban en este mundo y vivían en el mundo prometido, el “Mundo Azul”.
Aquella tarde, el estanque había estado tranquilo, la gente los había atiborrado de migas, lombrices, y comida despedazada pero finalmente habían dejado las costas libres. Ya casi llegada la noche el agua del estanque había comenzado a agitarse y sin más preámbulos se habían precipitado del cielo enorme cantidad de gotas que golpeaban contra el verde del estanque y ahí se quedaban refrescando la inmovilidad. Pasaron días de lluvia interminable y Elías comenzó a temer lo inevitable, sintió que el momento había llegado, que lo que siempre creyó imposible estaba a punto de pasar. ¿Estaba siendo testigo del comienzo de la gran unión?
Elías no lograba comprender realmente lo que estaba sucediendo, pero se daba cuenta de que era sólo el principio, después de días y noches de lluvia, el agua sobrepasó los límites del estanque y se unió con más agua. De algo estaba seguro, lo esperaba una larga travesía.
Las aguas se volvieron cada vez más violentas y Elías perdió contacto con todos sus compañeros del estanque, se encontró sólo y sin saber que hacer, así que entre triste y resignado simplemente se dejó llevar por la corriente.
Ya no quedaba ni un dejo de verde en el agua, el entorno se había puesto amarronado y barroso, en su camino se cruzó con plantas, autos, copas de árboles y hasta edificios. Trató de refugiarse en distintos recovecos pero no había mucho para hacer, parecía que el agua supiera a donde lo llevaba.
Perdió por completo la noción del tiempo y el espacio, pasó algunos días casi inconciente, hasta que algo lo despabiló, el agua empezaba a sentirse salada y era cada vez más clara, era cada vez más azul. No podía disimular su entusiasmo, no podía no pensar en el mundo prometido del que tanto se había mofado de pequeño, no podía evitar ilusionarse con ese lugar que le parecía un invento más para distraerlo de una vida aburrida y monótona.
Y finalmente ahí estaba Elías frente al principio de todos los misterios contemplando a sus dioses. Supo que no iba a ser fácil para él, un pequeño pez de estanque que nunca había visto más que su verdoso entorno, sobrevivir en el paraíso. Y fue cuando recordó algo que su abuelo le había dicho y había quedado grabado en su mente “Dicen que su canto te salva, te guía, te cuida, es la diosa de la sabiduría, si lográs escuchar su canto déjate llevar, porque estarás a salvo”. Entonces tomó coraje y entendió que era el momento de vivir, de aprender a ver, de dejar de ver para realmente mirar, de dejar de oír para empezar a escuchar, de arriesgarse a lo desconocido sin miedo. Se dio cuenta que sí estaba en el mar, en ese mundo con posibilidades infinitas, plagado de maravillas y rodeado de dioses y seres fantásticos. Y en ese momento logró escucharlas, realmente estaba escuchando el canto de ellas, que se hacía cada vez más fuerte, más cercano, más maravilloso, y se dejó llevar.

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