lunes, 1 de diciembre de 2008

vuelo

Seis de la mañana en Villa la Cava, un rayo de sol se colaba por la chapa oxidada, y caía justo sobre el ojo cerrado de Héctor. Su cuerpo caliente y golpeado, un poco por su Padre otro poco por la indiferencia, comenzaba a despabilarse.
Abrió primero un ojo, y espío con desilusión su realidad, esa que en sus 3 horas de sueño había sido distinta, pero que ahora se precipitaba sobre su cabeza y la hacia latir una y otra vez.
Unos cuantos tetrabrik sobre la mesa le indicaron que su Padre había estado tomando hasta tarde, lo que significaba que el trabajo de hoy caería pesadamente sobre sus hombros, su madre le gritaba a unos pocos metros, y los estómagos vacíos de sus hermanos lloraban desconsoladamente.
Giro un poco más la cabeza y miro por la ventana de la casilla, una paloma de plumaje gris oscuro planeaba en el cielo abierto. Recordó cuantas veces había soñado con esa libertad, poder volar lejos de todo y de todos, y hundirse en el cielo azul, para empezar una vida nueva y distinta de la que le había regalado ese que cuelga en la cruz.
Pero su abuelo le había dicho alguna vez que la oportunidad es solo para unos pocos, “mire pa` delante hijo, que la vida es esta que no ha tocado “, hundiéndose en esas palabras Héctor comenzó su día.
El sol estaba en su punto más alto, eran las 13:00hs. , y los cartones que había logrado juntar no llenaban ni la mitad de la bolsa de arpillera, unos 33º golpeaban a la ciudad de Buenos Aires, y por la cara de Héctor se deslizaban lagrimas de sudor.
Pero su mente estaba en otro lado: en los golpes que recibiría al llegar a su casa con tan poco dinero, en la paloma gris oscura, en sus hermanos, en el vuelo, en su miseria, en el vuelo, en las palabras de su abuelo, en los gritos de su madre, en su insignificante presencia que atraía la mirada de la gente, pero no su ayuda ni compasión.
La campana de la catedral anuncio que eran las 01:00, Héctor comenzó su regreso a casa, sus dientes mordían el labio inferior, y en su bolsillo bailaban los $20 pesos con los que remato hoy su dignidad, su cara de cansancio se reflejaba como un largo cuchillo en los ojos de algunos, que cruzaban de vereda ante el paso cansado de sus pies descalzos.
Corrió las cortinas que hacían de puerta e ingreso a la casilla, eran las 2:00 de la mañana, para su suerte no había nadie a la vista, con un ruido sordo cayo tendido en el colchón, sus piernas le temblaban, las llagas de sus manos se hacían sentir, pero eso no le impidió dormir, no a el, no a Héctor.
De golpe sintió algo sobre su cara, abrió su ojos derecho y el puño cerrado de su Padre cayo sobre el con fuerza, luego sobre su boca, los golpes no cesaban, el dolor le calaba los huesos, sus costillas amortiguaban los puntapié, y sus ojos sangraban de impotencia.
Como pudo logro incorporarse y comenzó a correr. Corrió como nunca lo había hecho, otra vez las palabras de su abuelo resonando en su cabeza, los gritos de su padre se habian convertido en un zumbido para sus oídos, pensó en su infancia, en su madre, en los estómagos de sus hermanos, en la paloma gris, en la realidad, en la bolsa de arpillera. Comenzó a sentir un leve picazón en sus brazos, que aumentaba cada vez mas, su boca comenzó a dolerle, y observo como sus piernas cambiaban de forma, sus plumas eran de un color gris oscuro, y ya no corría, ni siquiera caminaba, ahora volaba, era libre, y ágilmente comenzó a dirigirse hacia el sol.
Pensó en las veces que había llorado, y río por primera vez en 20 años.
seis de la mañana en villa la cava, que distinta se ve desde arriba.

1 comentario:

Expresión Uno dijo...

obra de soledad rodriguez falto poner...gracias por este año!